¿Qué ocurre cuando la luz deja de organizar únicamente lo visible y comienza a organizar relaciones?
Por Sophya Acosta
Desde la antigüedad, la experiencia nocturna comunitaria ha girado en torno a lo lumínico. Cuán mágica debe haber sido aquella fogata primigenia y cuán intensas y oscuras deben haber sido esas primeras sombras. Con el paso de los siglos, nuestra capacidad de asombro fue dando paso a la sensación de entendimiento; y la racionalización de la experiencia estética dentro del ámbito artístico fue alejándose del estímulo físico, proponiendo instancias de goce y disfrute mental (nos gusta lo que nos gusta porque lo entendemos).
Esta conexión con lo artístico propone una relación entre espectador y obra entendida desde una lógica relativamente estable: la obra se presenta y el espectador observa. Pero ¿qué sucede cuando el material principal de una obra es la luz? ¿Cómo podemos separar aquello que pensamos de lo que la luz como estímulo nos provoca?
Volvamos un poco para atrás, antes de la experiencia artística, volvamos a la fogata primigenia y a nuestra relación con la luz. Desde el origen de la humanidad, la vida y la subsistencia se han vinculado a lo lumínico. El ritmo solar marcaba el transcurrir, los rayos nos prevenían del peligro de las tormentas y el brillo de las estrellas servía como guía y mapa en un mundo desconocido e infinito. Es decir que nuestro vínculo con lo lumínico no es simplemente visual, sino que atraviesa nuestra constitución como humanos, es el calor del mediodía y del fuego, es el inicio y el fin de cada día. Pero esta luz primitiva, nos era incontrolable, no fue hasta la aparición de la luz artificial, primero con el control del fuego y luego con la producción lumínica a través del gas y de la electricidad, que tuvimos la posibilidad de generar espacios de trascendencia vinculados tanto a lo religioso y espiritual como luego a lo artístico.
Podemos decir que hoy en día, eventos artísticos como los festivales de Light Art son esa comunión entre lo colectivo y lo trascendental que propone la luz. Estos festivales, con sus recorridos que podrían entenderse similares a una peregrinación, configuran espacios donde el cuerpo del espectador activa, recorre y participa en la construcción del significado de las obras lumínicas. Las ciudades dialogan activamente con las propuestas artísticas y con quienes las habitan.La ciudad nocturna posee una condición particular: se transforma. Espacios que durante el día parecen simples lugares de tránsito adquieren nuevas jerarquías perceptivas durante la noche. Un pasaje puede convertirse en una pausa; una plaza, en un punto de encuentro; una fachada, en una superficie narrativa. La luz no solo hace visible una arquitectura, sino que también reorganiza temporalmente nuestra relación con ella.
Quizás por eso muchas instalaciones contemporáneas de Light Art ya no trabajan únicamente con objetos o imágenes, sino con recorridos, ritmos y desplazamientos. La obra deja de ubicarse en un punto específico y comienza a desplegarse en la experiencia corporal del espectador mientras atraviesa el espacio.

Más allá de lo visual
¿Es una pieza de Light Art pura y exclusivamente visual? La respuesta simple (a mi entender) es que no. El sistema visual es uno de los muchos que se vinculan con la luz como material y muchas veces, no es el principal. Nuestra piel cuenta con miles de sensores que perciben la luz en forma de calor, por ejemplo. No solo sentimos la luz con los ojos, ¡y esto es maravilloso! Cada uno de nosotros, a distintos ritmos y a través de los órganos que tengamos más desarrollados, nos vinculamos con la luz y con aquello que la produce.
Nuestro momento vital también influye en este vínculo con lo lumínico, tanto niños como adultos mayores se encuentran en instancias donde sus organismos reaccionan de forma distinta a la estimulación lumínica.
A veces me pregunto cómo percibiría una de mis creaciones personas cuyos sentidos funcionen de forma distinta a lo que se entiende como “normal”. En esos casos, suelo charlar con mi madre, quien hace algunos años tuvo un desprendimiento de retina y ahora “ve” diferente. Recuerdo vívidamente su comentario sobre una obra que realicé en 2017. En esta obra, jugaba con planos de color y degradados muy sutiles generando gran contraste con un bailarín completamente vestido de negro. Mi madre, que en ese momento se encontraba recientemente operada de su desprendimiento, me dijo al finalizar que el contraste para ella había sido muy sutil y que al no poder enfocar ambos ojos en un mismo punto, lo que para mí eran degradados suaves, para ella eran bloques de color que se conectaban entre sí y que cambiaban con el movimiento de la danza.
Esa experiencia fue un antes y después para mí. Si bien entendía que no todos veíamos iguales, de repente comprendí que existía un universo de percepciones lumínicas no visuales.

Un deseo para el futuro
Volviendo al Light Art como disciplina artística, siento que existe en éste un inmenso potencial para conectarnos con la magia de aquellas fogatas primigenias. Espacios donde el Light Art se presente a una diversidad de públicos a través de una mediación artística que acerquen el desarrollo conceptual de los creadores a distintos cuerpos, ritmos y sensibilidades, pueden volver a conectarnos con nuestra capacidad de asombro.
El Light Art tiene la posibilidad de abrirse de forma sencilla a públicos no habituales de espacios culturales y posicionar la participación ciudadana como parte activa de la experiencia artística. La mediación y la participación se constituyen así como herramientas para profundizar la relación entre arte, ciudad y sociedad, catalizada a partir de la luz como material principal de creación.
Tal vez el futuro de esta disciplina no consista en producir imágenes cada vez más espectaculares, sino en generar nuevas condiciones para encontrarnos entre cuerpos, entre sensibilidades y también entre personas y ciudades que vuelven a descubrirse mutuamente a través de la luz.
Fotografía: Lía Bianchi




